miércoles, 2 de diciembre de 2015

Sillones vacíos (contra el juego de las sillas)

Mi amiga Barb ha perdido recientemente a una persona importante en su vida. Quizás debería decir en la vida de todos los que la conocemos, porque una abuela que deja esa huella es alguien que ha ayudado a forjar una personalidad cariñosa, amable y justa como la de Barb. No extraña, por lo tanto, que mi amiga esté tan afectada. Además de ser una profesional de la Historia es especialista en servicios de memoria. Por ello, solemos hablar a menudo sobre libros infantiles que traten el tema del duelo. Comparto con ella el interés por presentárselo a nuestros pequeños sin esperar a que "sea necesario" por algún motivo. Quiero que el día de mañana, cuando tengan que enfrentarse a un duelo, sepan hacerlo con la mayor naturalidad posible. Como ellas lo sientan, pero si puede ser, sin quebrarse por completo. Entre esos libros que comentamos Barbara y yo está el que os traigo hoy:



Oliver Jeffers
El corazón y la botella
Fondo de Cultura Económica, 2010

El corazón y la botella es el típico cuento sobre el que la librera (el librero) o la bibliotecaria (el bibliotecario) te advierten: "¿Seguro que lo van a entender?". Pues sí, sí que lo entienden. Veamos. Es la historia de una niña feliz a la que la vida le cambia bruscamente en un instante (Alana dice: "ya no está el papá en el sillón. ¿Se ha muerto?"). La tristeza es tanta que decide bloquear sus sentimientos encerrando su corazón en una botella. La niña se hace mujer y el corazón sigue creciendo dentro de su recipiente de cristal. Ha olvidado su curiosidad, ha abandonado su sonrisa, pero sus sentimientos se hacen fuertes en su jaula y cada vez es más difícil cargar con su peso. Un día, nuestra protagonista se tropieza con una niña que parece ser como era ella misma. Inquieta, atrevida, con ganas de vivir y de aprender. Así pues, decide liberar su corazón... Ya no es tan simple. Prueba todo y nada funciona. Hasta que la pequeña le ayuda de la forma en la que sólo un niño sabe hacer: sin destruir nada.

Una belleza de cuento. Y vaya que si lo entienden. ¿Que nuestros pequeños lectores no sienten el dolor del que habla el libro? Yo no siento el dolor de Barbara. Pero me duele verla triste. Estoy encantada de que mis hijas no sepan todavía de esas tristezas. De la Tristeza. No obstante, no creo que esté de más que sepan que exista. Que a todos nos suceden cosas. Que respeten los sentimientos ajenos y que sepan respetar los propios, el día que les toque. Y, por encima de todas las cosas, que sepan pedir ayuda cuando la necesiten.

Nos despertamos y nos acostamos con el discurso de la autonomía, de la independencia, del "no pasa nada", del "no hay que llorar por eso"... Yo no sé si nos repetimos una cantidad suficiente de veces que vivimos en comunidad, que todos somos diferentes, que tenemos que respetarnos y, en la medida de los posible, querernos. Barb: tu dolor nos duele. Pero tú... Tú nos alegras cada día desde que te conocemos.

Sed felices, haced felices a los demás.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Viejos lectores y viejas soledades

Ay, este libro me encanta. Entre tanta tristeza generalizada ya tocaba algo divertido:

El viejo y la margarita.
Texto: Roberto Aliaga
Ilustraciones: Guridi

Narval Editores.
2012.



El cuento es pequeño, tanto en su tamaño como en la cantidad de texto. La portada es simple, nada recargada, pero es que las ilustraciones de Guridi lo dicen todo. Me transmite una ternura tremenda. Estoy convencida de que en ello influye el hecho de que fuera un regalo para mis hijas de mi cuñada Moni, cuando nació la pequeña Olympia. Los artistas se reconocen entre sí con sólo una pequeña mirada a sus obras y no me extraña nada el buen ojo de Moni al elegir el libro de Aliaga y Guridi.

En lo visual, poco más que decir: limpio, correcto, directo al mensaje y, sobre todo, reluciendo cariñosamente en cada trazo. El plano narrativo no se queda atrás. Por supuesto, no quiero destriparos esta historia de amor. Tendréis que leerla. Os tocará disfrutarla por vuestra cuenta. Sólo os voy a decir que es un relato rítmico, que encadena cada página y que encandila a mis pequeñas lectoras. Empiezas a leerlo y pronto te encuentras con un coro de tiples recitando la aventura del viejo y la margarita.

El libro está escrito en mayúsculas, es un detalle que se da menos de lo que creemos y que se agradece. Primero, porque el tipo de letra es muy particular y casa muy bien con los dibujos. De hecho, ella misma se convierte en un dibujo en ocasiones. Y segundo... Veamos, por algún extraño motivo Vida y Alana ya han arrancado a leer ellas solas por las noches. Contar con un buen número de álbumes ilustrados escritos en mayúsculas me ahorra muchas discusiones con Alana, que todavía no termina de entender las minúsculas de imprenta. 

Lo que más me gusta de este cuento es la naturalidad con la que presenta las relaciones adultas y el enamoramiento. Me ha costado mucho tiempo -y todavía nos cuesta- hacerle entender a Alana que no todas las mujeres son madres o abuelas. Ni todos los hombres padres o abuelos. Los divorcios, las solterías elegidas, las segundas -terceras, cuartas, infinitas- relaciones, las muestras públicas de afecto entre adultos... No debería ser tan difícil entender el amor.  

Hemos leído muchas veces este libro y seguiremos haciéndolo. Posee una extraña combinación entre sencillez y brillantez. ¿Es un cuento para niños? ... ¿Importa eso? Es un relato inteligente y divertido. A nosotras nos encanta y esperamos que a vosotros -si tenéis oportunidad de leerlo- también os guste. 

Sed felices.    

P.D.: Se está creando una neolengua. En las sombras, poquito a poco. "Hoy he visto una mamá...", "¿Una mamá o una mujer?", "Sí, ya sé. ¡Una mamá SIN HIJOS".

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Guías para experimentar la libertad

365 experimentos para pequeños científicos
Editorial Usborne
2014


En el ambiente infantil (tanto en el ámbito académico como en el de la crianza) parece que todo se mueva por rachas. Materiales Montessori o Waldorf, Arco iris de Grimm's, juguetes de madera, álbumes ilustrados que se pueden comprar en preventa sin conocer su contenido. Total, un absurdo. Un absoluto y completo absurdo. Entendámonos, no los objetos en sí, ni quien los disfruta, sino la constante mercantilización del fenómeno de la infancia. Precisamente, he puesto ejemplos que me parecen beneficiosos y apetecibles para mi propio hogar para hacer hincapié en el aspecto comercial y no en las cualidades de los productos.

Internet y las redes sociales tienen muchas cosas buenas. Pero hay momentos en los que se llega a un punto de saturación total. A menudo el mensaje inicial se desvirtúa y en lugar de sentir la preocupación por los niños -o por nuestro propio desarrollo personal y nuestra formación- cuando cierro los ojos veo un cartel que dice: "compra, compra, posee, conquista, haz tuyo" (no sé por qué no nos llaman la generación Pokémon).

Siento la angustia de quien quiere adquirirlo todo y no puede, de quien cree que sus hijos se quedarán atrás porque no pudieron hacerse con lo que sea que -en este momento- parece fundamental para su evolución. El extraño y constante sentimiento de culpa que acompaña a los buenos padres. Y, de manera más específica, a las muy buenas madres con las que me encuentro a diario.

Modas o no, está claro que nos estamos moviendo por tendencias. Y una de las tendencias que ha venido, no sé si para quedarse, es la de los experimentos. Hace cosa de un año, los abuelos regalaron a Vida y Alana un libro muy grande, bonito y completo sobre experimentos. La calidad del material es poco cuestionable, el formato está bien planteado. Se trata de un libro de tapa dura, pero que esconde un cuaderno de espiral con fichas grandes, duras y plastificadas. Está pensado para darle un uso continuado, lo cual se agradece. "¿Quién compraría un libro de experimentos para niños para no experimentar después con ellos?", pensaréis. Gracias por pensarlo. Que todavía haya gente que se lo cuestione es una buena señal. Quiero decir que se trata de un objeto cuyo destino debería ser -en mi particular mundo- terminar ajado, deteriorado, descompuesto y recompuesto, abierto y cerrado mil y una veces, suicidado desde una mesa alta o la encimera de la cocina, con montañas de engrudo en sus páginas y restos de papel crepé pegados en la portada.

Lo he dicho, el libro es atractivo. ¿Entonces a qué venía la digresión del comienzo? Tengo en mente una idea borrosa de una cita de George Orwell en Subir a por aire en la que reflexiona acerca del recuerdo. Cuando echamos la vista atrás en nuestro pasado, cuando rememoramos la infancia, es como si siempre fuera verano, creo que venía a decir. Cuando decimos verano nos referimos al tiempo de ocio por excelencia, donde una se siente bien. A cómo se fijan los recuerdos y los aprendizajes en contextos positivos (Orwell va más allá para resolver el enigma de cómo manipulamos nuestros recuerdos, el descontento consustancial al ser humano y lo mal que envejece la realidad, pero eso daría para otra entrada mucho más larga y no es lo que quería rescatar aquí). Uno aprende de manera activa sin proponérselo. En otras palabras, por experimentación. El juego es experimentación. Mis veranos infantiles eran experimentación. Sobre mis límites, mi entorno, sobre los sentimientos y actitudes de los demás. Fuera y dentro de casa. Nadando en el río, haciendo una caseta con fardos de paja o leyendo por la noche en mi cama. Sin excesivas complicaciones.

Cuando el juego se impone deja de ser juego. Lo mismo ocurre con la literatura. Se convierten en algo mecánico que puede ser o no ser satisfactorio, pero que es un sucedáneo de lo otro, de lo verdadero. A todos nos ha picado el virus de la teleología. ¿Contar cuentos? Está bien, pero ha de ser el principio de una tarea. Parece que algunos traten de hacer una vivisección a la narrativa. Por supuesto, me parece bien que la literatura no sea sólo entretenimiento pero no estoy de acuerdo con que siempre tenga que ser otra cosa aparte de entretenimiento. Como si no sirviera para nada. Como si el arte fuera algo inútil. Como si no se aprendiera nada. ¡Como si siempre hubiera que aprender algo!

Ahí comienza el ciclo frenético de los experimentos. Pasamos tanto tiempo preocupándonos por aprender de las maneras más sofisticadas -o tecnificadas- que estamos olvidando las más básicas. No manipulamos, no exploramos, no sentimos, no jugamos con la realidad. Y ya no queda tiempo para la exploración así que hay que buscarle un hueco en nuestras agendas. Tal semana al año. Tantas tardes de viernes. Algunos sábados o domingos. En casa o en el colegio. En realidad, no hace falta ni acción. Los libros te enseñan todo el proceso: preparación, proceso y resultado. ¿Error? Imposible, te lo explicamos todo. Uno, dos y tres llevan a cuatro. Sabiduría a todo color, en preciosas páginas ilustradas. Más coloridas y con estilo más actual que las que tenía mi propio libro de experimentos cuando yo era pequeña (aunque está claro que el contenido es casi idéntico).

No os voy a engañar. A mis hijas les encanta este libro. Y lo usamos con frecuencia (aquí llueve mucho). No esperéis grandes novedades. La información está muy bien presentada, pero dudo mucho que os sorprenda. Lo vestimos de juego, pero una vez más estamos dirigiendo el aprendizaje, rompiendo la magia que posee la curiosidad de los niños. Tendré el día pesimista. No puedo evitar sentir que les estamos dando respuestas sin permitirles siquiera plantearse las preguntas.

Disfrutad de los experimentos, hacedlos vuestros, como si fueran nuevos; equivocaos, dejad que los niños busquen otros caminos, que observen, que descubran, que sientan. Que sea un apunte, una propuesta de disfrute, una excusa para compartir algo. Por mi parte, no quiero que la necesidad de un buen resultado nos estropee la belleza del proceso. Equivoquémonos mucho, mucho y riámonos de ello. Que la experiencia nos enriquezca y no nos posea el producto, ni la meta.

Sed felices.

PD: Ya puestas, rescatemos lo mejor de María Montessori: la educación para la paz. Aprendamos y mostremos a los niños que hay más de una opción, que cada uno tiene derecho a buscar alternativas incluso donde parece que no las hay y que tiene la responsabilidad de elegir aquellas que sean menos dañinas.

viernes, 16 de enero de 2015

Mamá costurera

Las Navidades no me gustan. Para qué vamos a perder el tiempo discutiéndolo. No me gustan. Sin más. Recuerdo un tiempo bonito, lejano, plagado de brillantina -dorada y plateada, que entonces no había ni colores, ni estrellitas, ni na de na- con mi hermano mayor jugando a ver cuántas lonchas de lomo éramos capaces de coger del plato sin que se notase... Sí, hubo un tiempo. Pero ya pasó. Y lo cierto es que la maternidad no me ha dulcificado el criterio (más bien al contrario). Aunque tienen algo bueno esas fiestas: que se puede regalar libros. ¡Bien! Tenemos nuevas adquisiciones. Tenemos tantos álbumes que me parecen verdaderas joyas que no sé de dónde voy a sacar el tiempo para compartirlas con vosotros. 

Hay personas que no pueden entender que alguien pague lo que se paga hoy en día por un buen libro ilustrado (que, por otra parte, no es tanto. Es sólo que vamos todos "pelados"). Me sorprende por igual cuando regalas un libro con toda tu buena intención, tu cariño y tu ternura y alguien pone esa cara clásica de "bah, es un libro", como cuando alguien te explica que cómo has comprado un libro a niño, si por tres veces más el dinero que te has gastado podías comprar un aparato gigante, de plástico, con ruidos y luces. Con muchos ruidos y con muchas luces, que es lo que importa. Que "hay que estimular" a los niños. Que "son juguetes educativos". Sinceramente, cuando le regalo algo a un niño lo último que busco es que sea educativo. Los juguetes son para jugar, los libros son para soñar, y si en el camino aprenden algo -que siempre aprendemos algo en todos los caminos- pues miel sobre hojuelas. Como decía mi profesor de medieval: "En ocasiones las cosas que aparentemente no sirven para nada, sirven para todo". Y de eso se trata. De eso y de que sean felices.

Pero como no todos los días tiene una un buen libro para regalar, ni tiene el ánimo como los papás de Caillou (¿Pero qué les pasa a los papás de Caillou? Una trasfusión de vida pero ya...), no siempre va a haber princesas y moralejas. Hay días aciagos, de errores, de calentones, de miradas de rencor, desprecios o palabras más altas. Mea culpa. Que los hay, que los hay. Si tenéis la suerte de no caer en tales bajezas: mi admiración está con vosotros. Yo todos los días lucho y lucho, pero todavía no he ganado esa batalla. Así que he aprovechado estas fiestas para comprarme un libro: Madrechillona. A las nenas les ha encantado, sobra decirlo. Es que un libro tan pequeño puede tener una doble lectura y donde mis hijas ven una historia divertida yo veo un recordatorio como grabado en mármol. 

Aquí tenéis la obra:

Jutta Bauer
Madrechillona
Lóguez Ediciones, 2013.




 Me ha llamado mucho la atención que a mis hijas de 5 y 7 años les haya hecho tanta gracia la idea de una mamá pingüino que chilla tan, pero tan fuerte a su pingüinito que termina por romperlo en pedazos. Lógicamente les pregunté qué es lo que les parecía gracioso del asunto. Las respuestas fueron contundentes. Alana: "Mamá... ¿Qué pasa con lo que sale en la tele, en los libros...? (cara de "jo, mamá, que esto ya lo habíamos trabajado y te lo sabías...) ¡Que no es de verdad!". Vida: "Es gracioso, mamá, los pingüinos siempre son graciosos". He de decir que a Vida le alucinan los pingüinos, o sea que el resto de la trama daba igual.

La historia, para quienes no la conozcan, es así: el pequeño pingüino nos cuenta cómo una mañana su mamá le gritó tan fuerte que su cuerpo se rompió en pedazos. Cada uno apareció en un lugar distinto, Mientras él se encontraba paralizado, ni sabía ni podía reaccionar, mamá pingüino fue recorriendo el mundo en busca de todos los pedazos. Los cosió y le pidió perdón. Fin. ¿Simple? Puede. Directo, sin duda. Sin efectismos, sin explicaciones. La autora describe perfectamente la situación y las emociones del pingüino al ser chillado por su madre. Mis hijas se reían. De verdad, se reían a carcajada limpia. 

Trabajamos por cada lado los dos personajes. Analizamos sus palabras, sus actos y sus silencios. Ví que entendían perfectamente el cuento. Vi que yo entendía perfectamente el cuento. Pero por algún motivo, ellas no se habían quedado con lo mismo que yo.

Idea de Alana: "Es imposible porque una mamá nunca chillaría tan alto".
Idea de Vida: "Es bonito, porque al final la mamá pide perdón y el pingüinito le perdona (según ella se desprende del hecho de que el pingüino nos cuente la historia)".
Mi idea: Cuando gritas a un niño algo se rompe dentro de él. Y yo no quiero que eso pase.

He leído varias críticas acerca de que el cuento hace una apología del grito. Por más que he buscado no la he encontrado por ninguna parte. No creo que trivialice la agresión: coser a un hijo no es tarea fácil. También me gusta la idea de la madre pidiendo perdón. Es tan difícil pedir perdón de verdad. Pero, sin duda, es secundario. 

Por ahora practicamos nuestro "truco de mago" (palabras de Vida) para evitar este tipo de situaciones: informar en familia sobre nuestros sentimientos, validarlos y tratar de respetar que, si bien a algunas les gusta que las abracen cuando se encuentran mal, otras pueden no soportarlo, otras necesitan un tiempo solas -quizás sólo unos segundos-, etc. Pero para esas ocasiones en las que algo falle -Houston, tenemos una madrechillona- me guardaré el hilo y la aguja. Y coseré, coseré y coseré no importa el tiempo que me lleve.

Sed felices.

* Habrá que aprovechar la tregua que da una infección de garganta. Algo bueno tenía que tener el invierno...