domingo, 16 de junio de 2013

¿Quién lleva el beso?

Un beso para osito.
Por Else Homelund (texto) y Maurice Sendak (ilustraciones).
Alfaguara.

Llevo semanas dándole vueltas a una entrada que incluya una crítica negativa. Tengo varias ideas, tanto de libros como de situaciones bibliófilas que nos han acontecido el último mes. Pero esta misma semana nos hemos dedicado a la ardua e incomprendida tarea de expurgar la biblioteca de las nenas y como una cosa siempre lleva a la otra hemos redescubierto algunos cuentos. Cogí de la estantería Un beso para osito con la idea de meterlo en la bolsa de los condenados (los que, espero, servirán para alegrar a otros niños y niñas como lo hicieron con Vida y con Alana). El ejemplar estaba ajado -lo heredamos de mi sobrina Aitana quien probablemente lo había comprado de viejo-, con cortes y marcas de dientes. Siempre he pensado que ese color amarillo desgastado de la colección infantil de Alfaguara tenía algo de sucio o de antiguo mal entendido. Fue ver la portada y cambiar radicalmente de opinión. Como no teníamos tiempo en aquel momento lo guardé para otro día y esta noche tengo reservado un momento para su lectura (sí, vamos tarde hoy. Pero las niñas se están divirtiendo muchísimo en la ducha y caerán rendidas tras cinco minutos de lectura). 


Nosotros tenemos la portada antigua, en 3D.


Mientras oía a Alana y a Vida jugar en el agua con su padre he aprovechado para leerlo. No tengo palabras. Las ilustraciones son de Maurice Sendak, con eso queda todo dicho. La historia... Es la historia de un beso. Del viaje de un beso de boca a boca, una historia de compartir y de descubrir, de cariño familiar y de amor a primera vista. Sé que lo digo siempre, pero lo que realmente marca la diferencia con un libro infantil -donde se puede distinguir entre "libro infantil" y "literatura infantil"- reside en su capacidad para conmover, para compartir sentimientos y sensaciones con grandes y con pequeños. 

Es imposible trasladar tu pasión por la literatura a tus hijos si no disfrutas con ello. Creo en la importancia de la sencillez en la literatura. Y es una de las pocas cosas en las que creo. No hay nada más difícil que eso: comunicar con destreza y con belleza, de modo que ninguna palabra falte, ni mucho menos sobre, que el texto quede redondo. Que puedas volver a él cuantas veces desees sin que resulte pesado, gastado, superfluo. Porque todos lo sabemos: a los niños les gusta repetir. Los niños tardan mucho en cansarse de lo que les gusta (mi pollo Pepe ha comido trigo tantísimas veces que me sorprende que siga cabiendo su barriga en el libro). Nosotros no tenemos la misma capacidad para sorprendernos, para maravillarnos la centésima vez igual que la primera. Por eso es importante elegir lo que leemos. Deberíamos ser mucho más críticos con los libros que leemos a nuestros niños. Con ellos les estamos abriendo las puertas y las ventanas a un mundo que les presentamos como maravilloso: por favor, mostrémosles el mejor de los paisajes, que no se encuentren con un muro de ladrillo visto.

Sed felices. Disfrutad leyendo.

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