martes, 30 de abril de 2013

A veces me pregunto qué hago yo aquí

"Cómo se puede enseñar cosas tan complicadas a chavales que les gusta el Rock&roll. Intentar que entiendan la Revolución rusa, la Revolución francesa, el Paleolítico inferior y cosas tan absolutamente complicadas", Labordeta.

Labordeta tiene una canción que a mí siempre me ha fascinado por encima de todas. Sí, vale, Labordeta hacía canciones preciosas y ésta puede no ser la mejor. Pero el caso es que A veces me pregunto qué hago yo aquí refleja el sentir de cualquier profesor o profesional de la Historia a la hora de enfrentarse a explicar cualquier proceso histórico a un "profano". La frustración y el sentimiento de incapacidad. La cuestión es en verdad estúpida si convenimos, con Lucien Febvre, que la Historia no es otra cosa que "comprender y hacer comprender". A menudo se nos olvida la segunda parte, la fundamental. 

Ahora mismo, si habéis llegado hasta aquí, estaréis pensando que una de dos: o gestiono dos blogs y me he equivocado de lugar o definitivamente se me ha ido la cabeza. Pues no. Vamos, sí y no, sí tengo otro blog -algo olvidado- y sí que tengo la cabeza un poco ida, pero no se trata de eso. Vida y Alana han entrado en esa terrible fase en la que parece que sólo tengan oídos para las peores palabrotas. Las escuchan, las memorizan y, en ocasiones, se les escapan. Guille y yo estuvimos hablando el otro día sobre la conveniencia de permitirles utilizar estas palabras en casa -les hacen gracia y lo cierto es que se suelen aburrir muy pronto de ellas- explicándoles previamente que fuera no deben utilizarlas. No es algo que me preocupe en exceso, la verdad. Pero en mitad de la conversación surgió otra cuestión. "Más miedo me da que me pregunten qué es una prostituta. O peor... Qué es la libertad". 

¿Os ha ocurrido alguna vez eso? ¿Habéis tenido miedo en alguna ocasión de explicar o de describir algo a vuestros hijos, sobrinos, alumnos, etc. porque son demasiado pequeños? En mi caso debo reconocer que más que el miedo a no saber transmitirles en un lenguaje comprensible lo que me pregunten lo que no quiero es que llegue el momento en que descubran cómo es el mundo de verdad. Hasta cierto punto es una cuestión de protección pero también hay algo de infantilización de mis hijas (sí, es rebuscada la idea). De pensar que, como en el cucú-tras lo que no vean no existe y todos contentos. No voy a negarlo. Hay cuestiones que no les cuento por coherencia con las necesidades de información que creo que tienen con su edad y hay otras que, simplemente, postergo de manera vergonzosa y egoísta. A veces es difícil diferenciarlas. Tranquilos, que no pretendo abrir un debate en el blog. Cada uno toma sus decisiones de crianza y siempre con la plena convicción de que son las mejores, no intento convenceros, sólo contaros cómo suceden las cosas en nuestra casa.

Mañana es el día de los trabajadores, puede que algunos hayáis oído hablar de ello... También esta semana, no desde los circuitos más habituales de la prensa, hemos sido bombardeados y enfrentados a la realidad de cuestiones como el trabajo en régimen de esclavitud, el trabajo infantil y un largo etcétera. Estoy segura de que muchos sabéis a qué me refiero. Pues bueno. A veces, también con mis hijas me pregunto qué hago yo aquí. 

Pasada toda esta introducción -gracias y enhorabuena a los que la hayáis leído entera- viene la recomendación de hoy. 

Autores: Ricardo Gómez y Tesa González
El sueño de Lu Shzu
Edelvives, 2011.   

El sueño de Lu Shzu es un libro apasionante. Estéticamente tengo que decir que es de lo mejor que tenemos en casa con mucha diferencia. No hace falta saber leer para seguir la historia o para disfrutar como un enano. De verdad, la ilustración está logradísima, así que poco puedo deciros por esa parte. Para muestra, un botón: 


No quiero tratar de contaros la historia del cuento. No podría. Los autores lo han hecho a la perfección. Espero que os sirva con que os diga que es una forma maravillosa de reflejar un mundo completamente diferente al que nuestros hijos conocen. Pero un mundo que está ahí, a la vuelta de la esquina y que no es otro que el que nos alberga a nosotros mismos. No es un relato de propaganda en el que al cuento la historia le ha venido impuesta y determinada por el fin. Su crítica social no entierra su ternura. No explica, muestra. No juzga al lector, sino que lo acompaña en el camino del conocimiento. No enfatiza lo cruel y penoso de las situaciones. No sentencia, hace comprender.

A mí es evidente que el libro me ha gustado mucho en todos sus aspectos. Pero no soy la única de la casa en esto. El sueño de Lu Shzu, con el tiempo, se ha convertido en uno de nuestros cuentos favoritos. Puede que más adelante tengamos que echar mano de él para algo que no sea sólo entretener (que nunca es poco). Mientras tanto, es un cuento dulce, respetuoso, tierno y visualmente precioso.

Si tenéis ocasión, echadle un ojo. No creo que os arrepintáis. Y si no os gustan las historias de niñas que trabajan en fábricas en la otra punta del planeta, pues que os sirva de advertencia. Porque es ver la portada y desear abrirlo, desear leerlo. 

¡Sed felices! A pesar de los pesares.

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