viernes, 29 de marzo de 2013

Nunca te fíes de un librero (o librera)

Sucedió hace algo más de un año. Entramos en la librería con cuatro "bonos cultura" *, lo reconozco, no fue una estrategia muy inteligente. Parecíamos niños la tarde del domingo en la tienda de chucherías. Todo era bonito, todo era dulce, todo era deseable. Llevábamos una lista -bibliófilos sí, a mucha honra, pero no somos suicidas- pero la carne es débil y en aquella librería había una mesa enorme exponiendo libros de todos los tamaños y colores. Los veíamos brillar desde la entrada. En el centro había unos muy grandes, muy coloridos, preciosos (¡Ahhh, las ilustraciones! Las ilustraciones atacan de nuevo...). Picamos el anzuelo.

La tienda (¿Las librerías pueden considerarse tiendas? Ayyyy, las librerías...) estaba llena. Era navidad, malas fechas para el peregrinaje de lectores. Apenas dispuse de medio minuto con el librero para consultárselo: "Estoy buscando libros para ellas dos. ¿Éstos irían bien?". "Sí, se están llevando muchos", me dijo con una sonrisa maléfica que valía tanto como un pérfido guiño. Se llevaban muchos... No me extraña. Es una edición exquisita, entran por los ojos, de verdad. Me llevé tres de la colección. Me dio tiempo a hojear uno en la cola. Por el tamaño y la cantidad de letra comprendí al instante que tendría que esperar años para poder contárselo. Los otros dos, por el contrario, parecían encajar.

He aguardado todo este tiempo para leerlos. A veces hay que saber esperar y no engullir ansiosamente los cuentos. Este ritual forma parte del placer de la lectura. Mezclar prisas y literatura a menudo tiene como resultado un estallido estruendoso. A pesar de todo, la experiencia ha resultado fallida. En parte, fallida en parte. Vida y Alana se han aburrido. Y estaréis conmigo en que hay pocas cosas tan desalentadoras como intentar conmover a otra persona, dejarte hasta la dignidad en el empeño y no conseguirlo. No, todavía no están preparadas. O quizás simplemente no les haya gustado. Ni siquiera le dieron una oportunidad a las preciosas ilustraciones (¡Qué elección de colores!). Pero aquí viene lo peor. ¡A mí me ha apasionado! Apasionado, cautivado, encantado, enamorado (búsquese a un adolescente y pídasele educadamente que continúe con esta serie).

Padres de hijos mayores de nueve años ** -o eso dicen en internet (?)-, padres, madres, hijos, hermanos o varias de estas categorías en una misma persona: ¡Leed este libro! Podéis hacerlo en casa, en el parque -a riesgo de que os lo pidan-, en la biblio -si no está ya prestado-, en el metro -aunque os miren mal-, en clase... Bueno, en clase mejor no, tengo alguna mala experiencia al respecto. Pero leedlo. No me molestaré en hacer una reseña: no hace falta. Paladeadlo, degustadlo por vosotros mismos. Yo también lo haré. A escondidas, a oscuras, cuando las niñas duermen. Lo haré porque los buenos cuentos siempre llaman a nuestra puerta varias veces. Y éste es un muy buen cuento. Disfrutadlo.



El ladrón de palabras, de Nathalie Minne (texto e ilustraciones)
Traducción: Pilar Careaga
Editorial Edelvives, álbumes ilustrados, 2011.

Ha pasado tiempo, mucho tiempo, pero ahora comprendo la sonrisa del librero. Llevaba mi nombre en la portada, sin duda. ¡Gracias a todos esos libreros desconsiderados que juegan a emparejar lectores y obras como pequeños dioses de la literatura! ¡Qué sería de nuestra vida sin ellos (y todavía con mayor frecuencia: sin ellas)!

¡Sed felices!


* Para los que no sepáis lo que es un "bono cultura": http://www.kulturklik.euskadi.net/lang/es/kultura-bonua-bono-cultura/
 ** Éste para Iker.

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