sábado, 16 de marzo de 2013

Las aventuras del valeroso niño insomne

El niño que no quería ir a dormir.
Autora: Helen Cooper
Traductora: Christiane Reyes
Editorial Juventud.
La primera edición en español es del año 1999 (la original en inglés de 1996).
La editorial lanza una recomendación: a partir de cuatro años. En casa lo hemos probado desde los dos años y triunfa. 


Queridos lectores seguidores de la tradición de contar cuentos a la hora de ir a dormir -alguno incluso con la intención de que el auditorio caiga rendido en el más profundo de los sueños- éste es vuestro libro.

Nada nuevo podemos decir de su autora. Para hablar de Helen Cooper habría que utilizar las mayúsculas. A esta escritora e ilustradora -y pianista- le debemos títulos tan exitosos como Sopa de Calabaza o ¡Hay un oso en el cuarto oscuro! Las ilustraciones de El niño que no quería ir a dormir no defraudan. Es asombroso cómo puede captar los sentimientos de los personajes, invadidos por una bruma onírica que simula el cansancio del pequeño. Colores muy bien elegidos, escenas que acompañan y complementan a la perfección el texto... Lo que se dice un cuento redondo.

En cuanto a la historia, es fascinante y comienza con una situación conocida por cualquier padre. Una madre persigue a su pequeño para que vaya a dormir y éste no quiere ir por nada del mundo. Para evitarlo, se escapa en su correpasillos y vive muchas aventuras sin salir de su casa. El mundo de El niño que no quería ir a dormir es apasionante, tigres gigantes, trenes que hablan, lunas consejeras... Pero todo ello con un mismo denominador: todos los personajes están cansados y van a dormir (y todos ellos toman vida de entre los juguetes y la decoración de la habitación infantil). El final de la historia, que sé que pronto conoceréis de primera mano, tiene un punto de tensión dramática que me encanta. Se trata del momento en que la mamá aparece desde las sombras para rescatar a nuestro protagonista y llevarlo a la cama. Su conversación final -y la lámina que la acompaña, con ambos mirándose tiernamente a los ojos- hace saltar el cariño de la página. Reconcilia a cualquiera. Y ya sabemos todos que intentar dormir a un niño sin sueño, o con demasiado sueño, a menudo deviene en una lucha de fuerzas ancestrales incontrolables. De modo que no viene nada mal un punto de silencio, calma y reflexión. Este cuento lo logra. Como una caricia.

Como no podía ser de otra manera, el libro termina con un victorioso: ¡Buenas noches!

¡Sed felices!



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