miércoles, 23 de octubre de 2013

Una estrella para mí

How to catch a star.
Oliver Jeffers
HarperCollins, 2005.



¿Estáis buscando nuevas aventuras? ¿Queréis un libro para un niño pequeño, con poco texto, cuyas ilustraciones no distraigan por recargadas? ¿Necesitáis un libro que lo mismo valga para una pequeñaja que para un pequeñajo? ¿Os apetece una historia con acción, pero con sentimiento? ¿Qué? ¿Qué todo eso es imposible? Está claro, entonces, que no conocéis a Oliver Jeffers. Y es una verdadera pena.

El cuento que os traigo hoy es Cómo atrapar una estrella. Vamos a dejar a un lado la biografía y el currículo de su autor (podéis saciar vuestra ansia de conocimiento aquí: www.oliverjeffers.com). Jeffers es un genio de la literatura. Así, sin más adjetivos. Y como tendréis tiempo de engancharos a su verso y de conocer otras obras suyas como Lost and found o Up and down ni siquiera voy a perder un minuto en tratar de convenceros de ello. El tipo es brillante. Hoy quería comentaros otra cosa. 

Aparte de la sorprendente profusión de títulos infantiles que hablan de alcanzar la Luna o las estrellas, hay algo que me encantó en la primera lectura de How to catch a star. Cualquiera que haya intentado, siquiera en una ocasión, elegir un libro para un niño menor de cinco años se ha encontrado con un problema: hay una cantidad ingente -e insultante- de libros que tratan a los niños como si fueran tontos. El caso es más sangrante cuando se trata de libros "para mayores de 3 años". No, señores, los niños no son tontos. Los niños son niños. Y precisamente por eso hay que cuidar con esmero y con cariño hasta el último trazo y hasta la última letra de sus cuentos. Porque cualquier renacuajo con el que nos topemos nos supera con creces en creatividad y en imaginación.

El otro día me comentaba una amiga, y no es la primera vez que me lo dicen, que a mí sólo me gusta la literatura simple. Sí, sería una buena definición. A mí me encanta lo que parece simple. Eso es el Arte, hacer de lo más complicado -el llegar al corazón de la gente- algo presumiblemente sencillo. ¿Qué más da que el protagonista del cuento no tenga orejas, ni pies, ni pelo? Eso, aunque en ocasiones haya que explicárselo a alguna maestra que lo tiene ya olvidado*, no es ni un error ni un desacierto. Es curioso que a los niños no les importe si Jeffers se sale del dibujo al colorear, ni si sus cielos son color fucsia en lugar de azul. Genialidad, genialidad en cada página. Libertad en cada sombra, en cada reflejo. Es lo que los niños ven cuando leen Cómo atrapar una estrella. Es lo que yo, que sigo siendo un poco cría, veo en libros como éste.

La historia de un niño que quiere conseguir una estrella no es en absoluto original, ya lo hemos dicho. Pero el libro entero sí lo es. Derrocha ideas nuevas y rescata pensamientos de lógica infantil que apasionan a los niños. Como éste:

"He thought he could fly up in his spaceship and just grab the star. 
But his spaceship had run out of petrol last Tuesday when he flew to the moon"

Es un cuento simpático, fresco, alegre y muy, muy atractivo para el público al que está destinado. Pero, sobre todo, es un cuento inteligente. La estrella del cielo que se hace reflejo, que se vuelve estrella fugaz y que termina siendo estrella de mar. Magnífico juego conceptual. ¿Queremos libros interesantes? ¿Queremos verdadera literatura para nuestros hijos? Sí, podemos intentarlo atragantándoles adaptaciones de obras clásicas de la literatura universal, por qué no. Por poder, podemos. O podemos dejarnos llevar por su entusiasmo y disfrutar de cuentos como los de Oliver Jeffers. Allá donde haya una estantería en la que ponga "Literatura infantil", si de verdad no nos están engañando, deberíamos poner un cartel grande y colorido que dijera: "Para todos los públicos (Literatura)".

Sed felices. Recordad que una vez fuisteis niños. No os olvidéis de que todavía lo somos.

* Por favor, por favor, por favor, nunca rompáis un dibujo a un niño.

lunes, 21 de octubre de 2013

La escuela de dragones

Zog
Texto: Julia Donaldson
Ilustraciones: Axel Scheffler
Alison Green Books, Londres, 2010.



Sí, estoy tan loca como para leerles libros en inglés a mis hijas que todavía no hablan inglés. Y me diréis, con toda la razón del mundo, tendrías más éxito -y probablemente te saldría más barato- si las apuntaras a una academia de inglés. Además, en Ampuero hay una muy, muy buena academia de inglés. Cierto, si mi objetivo fuera que aprendieran inglés. Pero nada más lejos de mi intención. Que si sucede, oye, eso que han ganado, pero no van por ahí los tiros. El caso es que a menudo me encuentro con libros estupendos, con ilustraciones de quitar el aliento, pero con traducciones imposibles. Y acostumbrada ya a aquello de que Traduttore traditore muchas veces opto directamente por la versión original. En el caso del inglés y del francés, se entiende, que tampoco me dan las neuronas para mucho más.

A Julia Donaldson y Axel Scheffler probablemente ya los conoceréis, son los creadores de obras maestras como The gruffalo. Coloridos y graciosos dibujos iluminan el mundo de Julia Donaldson. La verdad, soy fan total de Donaldson desde hace tiempo. Y también lo son mis cachorrillas. Sus cuentos son brillantes, lo mires por dónde lo mires. Reflejan valores muy positivos entre rimas y chistes (Room on the broom! Cómo me gusta Room on the broom). Y es esto de las rimas, sobre todo, lo que me lleva a leer libros en inglés a mis hijas. Los cuentos tienen una musicalidad inmejorable, de modo que se los leo a Alana y a Vida primero en español y cuando ya conocen la historia son ellas mismas quienes piden que les recite el original, porque son cuentos "como canciones". 

Pero es que la historia de Zog... ¡Puf, la historia de Zog! Me encanta. Tenéis que leerla, de verdad. Si os gustan los anticuentos, los experimentos de dar la vuelta a cuentos clásicos o de reformular las relaciones de género en los cuentos de hadas Zog os va a parecer fascinante. No un panfleto, no un argumentario: un cuento redondo. Una escuela de dragones, una princesa auxiliadora y un príncipe salvador que se convertirán en... ¡Doctores voladores!

Sed felices. Practicad el apoyo mutuo, aprendamos todos a respetar las vocaciones y las decisiones ajenas.

viernes, 18 de octubre de 2013

La claridad de ideas de los niños

El cuento de la hormiguita que quería mover las montañas.
Texto: Michaël Escoffier
Ilustraciones: Kris Di Giacomo
Traducción: Esther Rubio.
Kókinos, 2012.


Mis hijas tienen las ideas muy claras. Si fueran chicos la gente diría que "saben lo que quieren". Por alguna extraña razón, más de una vez y de dos he oído decir que son "muy tercas" o "muy testarudas". El cuento que os traigo hoy viene al caso. No importa lo que te esfuerces por llevar las riendas de una conversación con un niño, no importa lo que luches contra sus peticiones o contra sus imposiciones: saben lo que quieren. Y lo piden con una maravillosa sonrisa. No pocas veces piden imposibles, cosas absurdas o peligrosas, y hay que reconducir la conversación tratando de que la sangre metafórica no llegue al río. La mayoría de las veces, piden cosas con sentido y es mejor dejar que la corriente de su río nos envuelva y nos arrastre por sus profundidades.

No sé si conoceréis a Escoffier* y a Di Giacomo. En mi casa hace tiempo que tienen su propio altar por maravillas como La vocecita o A todos los monstruos les da miedo la oscuridad de las que os hablaré en otro momento. Unos dibujos sencillos, que por simples llegan más fácilmente a los niños, pero de una genialidad apabullante. Tanto el movimiento como los gestos estáticos están reflejados con una precisión y una brillantez infantil. La elección de colores es muy apropiada para el contexto tanto de la historia como del momento de lectura. 

El cuento es una conversación entre madre e hija. ¿Sobre qué podrían hablar madre e hija? Sobre cuentos, claro está. Comienza con la niña pidiendo a su madre, agotada, que le cuente un cuento. Para facilitar la lectura tanto al adulto como al niño que no sabe leer las intervenciones se diferencian por colores. Negro para la madre, rojo para la hija. ¿Que cómo se puede facilitar la lectura a alguien que no sabe leer? Pues se puede, sí señor, porque leer no es sólo hacer la m con la o mo, muchachos. Y los niños leen mucho antes de saber leer. Y se agradece muchísimo este tipo de detalles que permiten que nuestro auditorio pueda seguir qué es lo que estamos descifrando entre esa grafía enigmática y críptica para ellos.

La mamá comienza su historia pero, como sucede el noventa por ciento de las veces que una trata de inventar sobre la marcha un relato para su prole: todo se vuelve en su contra. ¿Por qué demonios piden que les narres algo si lo que en realidad desean es crearlo ellos mismos? ¿O quizás es que tienen un conocimiento intuitivo de la creación colaborativa? Sea como sea, siempre que empiezas un cuento no eres capaz de terminar la historia tal y como tú querías. Siempre hay dragones donde debía haber hormigas, mamuts donde sólo había palos o extrañas apariciones de pterodáctilos. Y siempre, siempre, todo eso mejora con creces lo que se estaba contando. 

Ésa es la historia de este cuento. La historia de una madre que quiso dormir a su hija y terminó siendo dormida por ella. El cuento del dragón que, por más que lo intentó, no pudo evitar que al final la hormiguita consiguiera mover la montaña. Un libro para todos los niños que tienen la creatividad por las nubes y una gran capacidad de iniciativa. Para mis hijas, para todas las hijas. Un regalo perfecto para cualquiera, mayores o pequeños, chicos o chicas, para los que les gustan los dragones y para los que prefieren las hormigas. Una pequeña obra maestra en una estupenda edición como las que ya nos tiene acostumbrados Kókinos.

Sed felices. No dejéis de contar cuentos. No olvidéis permitir que os los cuenten. Y desansad, por favor, que vamos todos con la ojera pintada.

* Podéis visitar su blog aquí: http://michaelescoffier.canalblog.com/


jueves, 17 de octubre de 2013

Cuando lo urgente toma el lugar de lo importante

Donde vive el tiempo
Texto: Vladimír Skutina
Ilustraciones: Marie-José Sacré
Traducción: Miryam Delgado de Robles
Para nuestra edición, SM, Madrid, 1986.


Ocurre a menudo, demasiado a menudo. Yo misma he visto pasar el verano como árboles por la ventana de un tren. Trabajo, trabajo, trabajo, estudio... Siempre hay cientos de cosas que hacer. Siempre hay nuevas cosas que aprender y a veces no nos detenemos a pensar en lo que estamos enseñando. Nuestros hijos perciben de nosotros hasta lo que no sabemos que existe, nuestra sombra misma. Los nervios, las presiones, las exigencias desmesuradas, el perfeccionismo. "Ahora no", "Estoy trabajando", "Dame media horita y juego contigo, pero déjame terminar ahora esto". Y es cierto -lo de la media horita no, siempre es más tiempo- no se puede dejar un escrito en cualquier punto y volver a la redacción como si tal cosa. 

Puede que les estemos trasladando a nuestros hijos valores interesantes (aunque inservibles en el mundo real): la importancia de tomar responsabilidades, el valor del esfuerzo, la concentración en los detalles... No lo sé. Lo que sí sé es que les dejamos un amargo sabor de boca. La idea -no por errónea despreciada por sus cabecitas- de que son menos importantes. Que lo primero es lo primero y, en ocasiones, lo primero no eres tú. Puede que no os suceda esto. Estaré realmente encantada de descubrir que este tipo de patinazos sólo los cometo yo y que los niños del mundo -que con mucha suerte tienen muchas, muchas figuras de apego en su vida (si eso pudiera ser…)- crecen no sólo siendo queridos, sino también siendo plenamente conscientes de ello.

En cualquier caso, allá va. Por mis dos nenas: Donde vive el tiempo.

Donde vive el tiempo es la historia de Karin, una niña que desea con todas sus fuerzas captar la atención de sus padres y de su hermano mayor. Pero nunca hay tiempo. Siempre es tarde y no hay tiempo para detenerse a contemplar las maravillas que ella encuentra en cada rinconcito de su vida. Karin quiere saber qué es ese tiempo que nadie tiene para estar con ella y alertada por su madre de que éste no es otra cosa que un monstruo va en su busca por la ciudad hasta llegar al reloj de la iglesia. Allí, aparentemente, habita el Espíritu del Tiempo. En su aventura mitad realidad, mitad fantasía, la niña descubrirá que las reglas del tiempo son inmutables. 

"-¿Dónde te habías metido?- preguntó su madre mientras el padre miraba severamente su reloj de pulsera. ¡Eran las seis y cuarto!
-En un cuento.
(...)
-¿Y qué has visto en el cuento? -le preguntaron.
-He visto el lugar donde vive el tiempo -dijo Karin-. Y si tenéis un poco de tiempo para mí, os lo contaré".

Las ilustraciones me han encantado. Como todos los libros de estos años me han traído a la mente aquellas tardes en la biblioteca del colegio. Cuando yo todavía tenía tiempo. Derrochaba tiempo, regalaba tiempo, despreciaba tiempo. Ahora es el turno de mis hijas. ¡Háganse a un lado, que van Vida y Alana!

Así deberíamos eschuchar a nuestros niños; calmados, relajados. ¿Qué hay más bonito que una chimenea, un sofá, un gato, una luz acogedora y, quizás, una pipa? Un escena tiernísima, no se echa de menos nada.

Sed felices. Disfrutad de cada instante y del siguiente, del siguiente y del siguiente.

* Gracias a la Biblioteca de Ampuero, de donde sacamos este ejemplar. Gracias también al Ministerio de Cultura, que hará la friolera de dos décadas donó el libro a la biblioteca. No dejéis de llevar a vuestros hijos a la biblioteca. No dejéis de ir vosotros. A veces lo que en apariencia es gratis (que no es gratis y que es de todos...) pasa desapercibido. Lo damos por hecho, lo tomamos por garantía. ¡Vivan las bibliotecas y la cantidad de historias que encierran, la mayoría de ellas fuera de los libros!

sábado, 20 de julio de 2013

"Mamá, no... No me ha gustado"

Kofu: El niño de chocolate.
Ana García (ilustraciones).
Lupe Loriga (texto).
Nova Galicia Edicións, 2004.

 
Os reconozco que empezaba a pensar que esto no iba a suceder nunca. El viernes pasado aproveché que pasaba la mañana con Vida (últimamente lo hago menos de lo que me gustaría) para acercarme con ella a la biblioteca. No es ninguna novedad, intentamos ir una vez a la semana, pero me apetecía darle una bienvenida digna al mundo de los gafotas (de los piratas, en su caso) y como Alana estaba en la ludoteca le permití elegir los dos libros para ella. Escogió dos de Nova Galicia Edicions. Las portadas parecían interesantes y los títulos también. Kofu: el niño de chocolate me evocó retazos de alguna leyenda preciosa que un amigo catalán me contó que había escuchado una noche estrellada en México. Él mantenía que eran cocuyos del tamaño de soles, pero me temo que la magia del verano en la Lacandona no da para tanto. O sí. O tal vez. O puede que pueda.

El caso es que me pareció correcto. Los cogimos y fuimos a buscar a Alana, que parecía más interesada en las ilustraciones de El pequeño Yared. Como esa tarde los abuelos vinieron a visitarnos con sendos regalos para Vida y para Alana apenas sí reparé en los libros de la biblio. Pero Vida se acordaba. Vida se acuerda siempre. ¡Sus libros! Había que leer también alguno de esos libros. No lo voy a negar: estábamos agotadas y no teníamos la mejor de las predisposiciones. La cosa no empezó bien. Las ilustraciones, que apenas sí había mirado en la biblio, me parecieron de pronto bonitas, pero superficiales (que me disculpe Ana García Martínez, es una opinión personal de una persona inexperta). Con las prisas cometí un error de principiante: les conté el cuento sin haberlo leído yo previamente. Craso error. Según iba leyendo menos me convencía y más me aburría y esto, estoy segura, influyó mucho en la conclusión que las nenas sacaron. No les gustó. Fue poner el punto final y escuchar, por primera vez -aunque seguro que no por última- "Mama, no... No me ha gustado".

Vida parecía incomoda, como si no quisiera reconocer que el cuento le había resultado indiferente. Su reacción me sorprendió mucho. Cuando yo misma cocino algo que no le gusta no ahorra en calificativos denigrantes. Vamos, que estoy bien acostumbrada a las salidas de tono de una niña de cinco años. Se durmieron casi al momento y me quedé unos minutos en su habitación reflexionando. Pensando vi que no era la única vez que le había oído decir algo así últimamente. Tardé un rato, pero comprendí. Creo que Vida se está dando cuenta de dos cosas. De que la opinión es algo completamente personal y que no tiene por qué invalidar el valor de una obra (está visto que mi comida no tiene nada que ver con el Arte para ella) y de que la Literatura es un acto de generosidad y de creación, y como tal debe ser tratada y respetada.

Lupe Loriga y Ana García, a nosotras no nos ha gustado vuestro libro, lo siento. No nos ha llegado. No ha conseguido transmitirnos lo que queríais. Lo habéis explicado muy bien. Demasiado bien, quizás. Yo diría que... Nos lo habéis explicado, pero no nos lo habéis contado. Me ha resultado artificial, impostado. Aparte de que no veo claro el presentar el conflicto de alteridad de una manera tan dicotómica y desde la visión más occidental u eurocéntrica. No obstante, estoy convencida de que a muchos de nuestros amigos les resultará interesante y útil, puede que como material de trabajo intercultural (yo soy radical en ese tema y no termino de confiar en ese tipo de textos pero, con plena sinceridad, quien busque algo así para sus clases tiene en Kofu: el niño de chocolate un buen exponente*). Así que leedlo. Tomadlo prestado. Compradlo si queréis y podéis. Puede ser un bonito experimento. Si lo hacéis compartid con nosotras vuestra experiencia.

Con la brisa de verano acariciando mis manos os digo: sed felices. Disfrutad de vuestro tiempo, disfrutad de todo.

* Los libros de Yared y de Kofu corresponden a dos series distintas y cuentan con varios volúmenes.

viernes, 21 de junio de 2013

La araña y la luna

Antoni Cuadrench (texto)
Jesús Ballaz Zabalza (versión castellana)
Montserrat Ginesta (ilustraciones)
Tono, el hilo y la araña
Editorial La Galera, colección la sirena, Barcelona, 1985.

"En ocasiones, las cosas que aparentemente no sirven para nada sirven para todo". 

Así comenzó más de una vez sus clases uno de mis profesores de Historia Medieval. Aquel era un alegato por la historia, por el compromiso de la historiografía con la sociedad. Esta semana me ha venido el recuerdo de aquel junio de 2002, mucho más agradecido en lo meteorológico. Entre los libros de Aitana he encontrado más de media docena de joyas. Libros que, por lo que sea, todavía no había leído con Alana y con Vida. Tono, el hilo y la araña es uno de ellos. Fijaos en esta portada:


Verla es retrotraerme a aquellos veranos de entonces, de La Rioja, de río y piscina, de cabañas de fardos y bicicleta oxidada. De mi madre y mi hermana Salomé con una docena de libros, aquellos duendes verdes, barcos de vapor, alfaguaras o ala deltas... Los veranos eran de juegos y de exteriores en el calor abrasante de Cihuri -siempre sudando, siempre corriendo- pero eran también uno de los momentos del año en los que mi madre me regalaba lecturas. Puedo decir, con admiración, que para mi madre jamás hubo crisis para los libros. De texto o de ficción, eso daba igual, los libros nunca quedaban en segundo plano.

Las ilustraciones de Montserrat Ginesta me han recordado todos esos momentos. El olor de los libros nuevos, las noches de leer en el baño, a escondidas, porque a mi hermana mayor, desde la litera de arriba, le molestaba la luz (no tenía luz de lectura por entonces). He disfrutado como una cría con este libro. Sonrisas en todas las páginas, arañas con vestidos estampados de mariquitas, lunas trapecistas, en resumen: una genialidad. Antes de leer la historia ya estaba convencida. Pero después de leerla...

Después de leerla fue todavía mejor. Tono, el hilo y la araña es el cuento de un niño que quería alcanzar la luna -sí, sí, como en la canción-, Tono comienza ideando planes y artificios para conseguirlo, pero pronto comprende que es una tarea demasiado difícil para un solo niño. Y ahí es donde entra en juego la araña que teje que te teje, come que te come, hace que Tono alcance su destino. ¿Mensaje? Todos. Todos o ninguno. Sólo por ver cualquiera de las ilustraciones el libro merece la pena. Sólo como narración lineal, sin más ambiciones, es un libro redondo. Pero "en ocasiones, las cosas que aparentemente no sirven para nada, sirven para todo". Para mostrar a los niños que vivimos en comunidad -esta mañana lo comentaba con Diana tomando un café-, que nos necesitamos unos a otros: los mayores, los pequeños, los niños rubios y las arañas con gafas. Para contemplar el valor del esfuerzo y de la constancia, y el premio de terminar lo que uno comienza. O para enseñar a nuestros hijos -y para recordar nosotros mismos- que soñar no cuesta nada y que uno puede ser tan grandioso como sus sueños, que merece la pena tener grandes ilusiones aunque no siempre contemos con una araña tejedora que nos apoye. 

Sed felices, no echéis a un lado los libros viejos, los más gastados. No pocas veces son los mejores.

* Es interesante también tener en cuenta que el libro está escrito en minúsculas, con clara caligrafía y un tamaño adecuado para los lectores noveles.

domingo, 16 de junio de 2013

¿Quién lleva el beso?

Un beso para osito.
Por Else Homelund (texto) y Maurice Sendak (ilustraciones).
Alfaguara.

Llevo semanas dándole vueltas a una entrada que incluya una crítica negativa. Tengo varias ideas, tanto de libros como de situaciones bibliófilas que nos han acontecido el último mes. Pero esta misma semana nos hemos dedicado a la ardua e incomprendida tarea de expurgar la biblioteca de las nenas y como una cosa siempre lleva a la otra hemos redescubierto algunos cuentos. Cogí de la estantería Un beso para osito con la idea de meterlo en la bolsa de los condenados (los que, espero, servirán para alegrar a otros niños y niñas como lo hicieron con Vida y con Alana). El ejemplar estaba ajado -lo heredamos de mi sobrina Aitana quien probablemente lo había comprado de viejo-, con cortes y marcas de dientes. Siempre he pensado que ese color amarillo desgastado de la colección infantil de Alfaguara tenía algo de sucio o de antiguo mal entendido. Fue ver la portada y cambiar radicalmente de opinión. Como no teníamos tiempo en aquel momento lo guardé para otro día y esta noche tengo reservado un momento para su lectura (sí, vamos tarde hoy. Pero las niñas se están divirtiendo muchísimo en la ducha y caerán rendidas tras cinco minutos de lectura). 


Nosotros tenemos la portada antigua, en 3D.


Mientras oía a Alana y a Vida jugar en el agua con su padre he aprovechado para leerlo. No tengo palabras. Las ilustraciones son de Maurice Sendak, con eso queda todo dicho. La historia... Es la historia de un beso. Del viaje de un beso de boca a boca, una historia de compartir y de descubrir, de cariño familiar y de amor a primera vista. Sé que lo digo siempre, pero lo que realmente marca la diferencia con un libro infantil -donde se puede distinguir entre "libro infantil" y "literatura infantil"- reside en su capacidad para conmover, para compartir sentimientos y sensaciones con grandes y con pequeños. 

Es imposible trasladar tu pasión por la literatura a tus hijos si no disfrutas con ello. Creo en la importancia de la sencillez en la literatura. Y es una de las pocas cosas en las que creo. No hay nada más difícil que eso: comunicar con destreza y con belleza, de modo que ninguna palabra falte, ni mucho menos sobre, que el texto quede redondo. Que puedas volver a él cuantas veces desees sin que resulte pesado, gastado, superfluo. Porque todos lo sabemos: a los niños les gusta repetir. Los niños tardan mucho en cansarse de lo que les gusta (mi pollo Pepe ha comido trigo tantísimas veces que me sorprende que siga cabiendo su barriga en el libro). Nosotros no tenemos la misma capacidad para sorprendernos, para maravillarnos la centésima vez igual que la primera. Por eso es importante elegir lo que leemos. Deberíamos ser mucho más críticos con los libros que leemos a nuestros niños. Con ellos les estamos abriendo las puertas y las ventanas a un mundo que les presentamos como maravilloso: por favor, mostrémosles el mejor de los paisajes, que no se encuentren con un muro de ladrillo visto.

Sed felices. Disfrutad leyendo.

viernes, 7 de junio de 2013

Un proyecto en familia

Un huerto en casa.
Autor: Georgina Duran
Ilustrador: Helena Delgado
Traductor: Jordi Martín
Editorial Combel, 2011





El libro que os traemos hoy fue el regalo de cumpleaños de Alana de una buena amiga y vecina, Guadalupe, que tiene muy buen ojo con los libros. Lo recibimos con todo su cariño y lo leemos cantidad de veces.

Poneos el chándal viejo, los guantes de jardineros y manos a la obra, mis pequeños horticultores. Un huerto en casa es un kit de libro, juego y proyecto. Soy una enamorada de la plastilina, no puedo ocultarlo, y he sabido transmitir esta pasión a Vida y a Alana. Hay pocas cosas que les gusten más en una tarde lluviosa que jugar a modelar con plastilina. Muy pocas cosas, una de ellas es leer cuentos. Y éste es un cuento de los que te dan mucho margen de acción. Las ilustraciones son figuras de plastilina con todos los detalles. Algunas tardes, después de contemplarlas con atención nos dedicamos a intentar reproducir algunas de ellas. Los tomates, las plantas... A veces hasta nos atrevemos con los personajes.

La historia es simple, clara y divertida. Su propio título la resume. Ginés y su familia organizan su propio huerto en casa paso a paso. Vivimos con ellos todo el proceso: el momento en el que surge la idea, la compra de las semillas y los plantones, la siembra, el cuidado y la recolección de los frutos. Pero la diversión no termina aquí. El juego viene acompañado de más cosas: una serie de fichas de cartón -de calidad- que forman un juego de memoria para los niños y una rueda con el ciclo de siembra y recogida, unas fichas y unas pegatinas para que la familia se atreva a plantar su huerto en casa. Creo que está de sobra comentar que tanto el juego como las fichas son lo que más les gusta a mis pequeñas. Y eso que el libro les gusta y les gusta mucho. 
 

Este año nos ha salido meteorológicamente extraño y no sé qué tal se nos dará la siembra pero estoy segura de que lo pasaremos genial documentando nuestro trabajo y marcando los progresos con las atractivas pegatinas de Un huerto en casa. ¡Gracias Guadalupe!

Sed felices. Cread algo nuevo, criadlo, cuidadlo, conservadlo. Compartidlo.

jueves, 30 de mayo de 2013

Mamá: quiero ser ecologista (pequeño monográfico).

Hace tiempo me sorprendió Vida con esa declaración de intenciones. La cosa vino después de que les hablara sobre mis amigos Iván y Diego que -¡Oh, sorpresa!- son ecologistas. El comentario despertó en mí el ligeramente apagado interés por traer libros de ecología para niños a casa. De forma paralela, esto de que el invierno se haya aferrado a nuestro terruño y no tenga la menor intención de dar paso a la primavera nos ha trastocado los planes para los próximos meses. Me temo que este año la pequeña y humilde huertita corre el riesgo de quedarse en el cajón de las ideas. Con el ánimo partido recordé que había visto en una librería una serie de libros sencillos que podrían ayudarnos en las tardes de lluvia. Así que... ¡Allá vamos!


¡Ahorra agua!


¡Ahorra energía!
 ¡Protege el medio ambiente! 


¡Recicla!
 
Serie: Ecología para niños.
Textos: Neil Morris.
Ilustraciones: Mark Turner.

Los libros están bien, correctos. No están pensados para niñas tan pequeñas pero con una lectura guiada la cuestión se soluciona. De todas maneras, aunque los lectores fueran algo mayores, una lectura individual tiene pinta de tener más peligro que un mono con tijeras. Me explico: de anteriores experiencias en las que se intenta inculcar unos determinados hábitos o conductas a los niños he sacado algunas conclusiones. Una de ellas es que los niños tienden a ser inflexibles con estas cuestiones (consecuencia directa de la manera en la que se las presentamos, con "moralina"). Así que -uy, uy, uy- preparaos para una serie interminable de preguntas o reproches acerca de vuestra vida cotidiana*. Como decía, eso tiene fácil arreglo leyendo con ellos, aunque ellos ya sepan leer. Las dudas surgirán sobre la marcha y serán solucionadas sobre la marcha. Tu madre no será el monstruo que te lleva por las mañanas en coche al cole, sino que comprenderán que no es viable llevarte seis kilómetros bajo la lluvia en bicicleta a las ocho y media de la mañana, por poner un ejemplo. Servirá también para poder llorar a cuatro ojos ante la antidefinición: "Energía química: energía producida por una reacción química", y para buscar una solución al enigma en familia. O para abrir un debate sobre cuestiones como: "Muchas personas piensan que el grafiti es una forma de arte callejero, pero otros creen que no es más que una gamberrada. Los grafitis son dibujos pintados con spray en las paredes de las calles. Los ayuntamientos tienen que limpiarlos, y esto supone un gasto de tiempo y dinero".


Creo que esta obra de Arte de Banksy habla por sí misma...


Conste que algunos grafitis me parecen de lo peor en este mundo y que ver cómo se desprecia el mobiliario urbano o cómo chavales demasiado entusiastas pisan maravillosas obras de grafiteros "senior" me saca de quicio. Pero desde el plano documental tengo una relación de amor-odio con ellos. ¿Cuánto conocimiento habríamos perdido de no conservarse los graffitti de Pompeya?


Bueno, la verdad es que en conjunto los libros me han gustado, me han dado lo que buscaba. Pero está bien dar a conocer los pros y los contras que una encuentra a sus lecturas.

Ahora viene lo bueno. 


Recíclame. Antes era una caja de cartón, pero ahora soy... ¡Un libro sobre osos polares!
Texto: Anton Poitier
Ilustraciones: Melvyn Evans
Ed. Susaeta.

Tiernísimo. Dos historias en una, la del oso polar y la de la caja de cartón. Éste sí que nos ha gustado. Y sirve para aprender cantidad de cosas interesantes sobre los osos polares. Y para hablar sobre los animales en peligro de extinción. Para las niñas ha sido una prueba de para qué sirve tener la cantidad de cubos de basura que hay en casa. Al estar fabricado con materiales reciclados tiene un aspecto muy curioso. En el mejor de los sentidos, me encantan los tonos del papel reciclado y si no fuera porque se deterioran más con el uso que les dan Vida y Alana a los libros la idea de la portada sin plastificar es estupenda.

Seguiremos buscando libros -preferiblemente cuentos- sobre esta materia y seguiremos informando. Mientras tanto, sed felices. Cuidad vuestro entorno.

* No os alarméis, que los libros vienen con su acostumbrada guía para padres en la última página...
**Las ilustraciones de la serie "Ecología para niños" no han terminado de convencernos.

jueves, 23 de mayo de 2013

Pequeñas investigadoras

"'Papá, explícame para qué sirve la Historia', pedía hace algunos años a su padre, que era historiador, un muchachito allegado mío. Quisiera poder decir que este libro es mi respuesta". 

Así comienza uno de los más maravillosos clásicos de la historiografía, Introducción a la Historia, de Marc Bloch. Lo cierto es que el libro de Bloch lleva décadas enamorando a los alumnos de cualquier facultad de Historia, explicándoles el método e insuflándoles vocación. Pero mis hijas son todavía demasiado pequeñas -sí, sí, vuelvo a la carga- como para saciar su ansia de conocimiento con él. Marc Bloch, buen intento, cuando sean mayores estoy convencida de que disfrutarán muchísimo con el pequeño libro verde.



Evidentemente, no me he puesto delante del ordenador hoy para hacer una recensión de Introducción a la Historia. No. Tengo la suerte de tener buenos amigos que me adelantan en esto de la maternidad y uno de ellos -mi maestro Jose Antonio Pérez- me recomendó hace poco una buena lectura en familia. Algunos padres cuando se juntan hablan de cómo dar de comer verduras a sus hijos, de cómo ducharlos sin que sea una batalla naval o de cómo conseguir que duerman de una determinada manera o a una determinada hora. Nosotros no. Y estoy encantada de poder contar con personas como Jose, que me ayudan a resolver mis cuitas de madre-investigadora. ¿Alguien alguna vez ha visto en un libro de texto las frases: "mi padre es historiador", "mi vecino es filósofo", "mi prima es filóloga"? Pues es eso. Alguien en algún momento le dijo a mi hija Vida que yo soy profesora (¡Más quisiera!) y cuando le preguntan ella dice que soy profesora "de las que no tienen alumnos". O que soy escritora (¡Más y más quisiera!). Bueno, esto último tiene una ventaja y es que nadie hace preguntas cuando estoy en paro.

Desde el principio este blog se planteó con la idea de presentaros libros que fueran algo más que cuentos. Queríamos que jugarais con los libros. En familia o entre amigos. Que los leyerais y releyerais. Que los comentarais y los criticarais. En algunos casos, que los pintarais, dibujarais, esculpierais. Pues bien. Bienvenidos al lado salvaje de la literatura.

El libro de hoy no es un cuento, es una historia. Es vuestra historia. ¿Sabéis cuando nace un bebé y la gente comienza a hacer un álbum con sus fotos y sus pequeños recuerdos? Ja, mis queridos lectores, nuestra propuesta supera eso con creces. Y tiene una ventaja fundamental: los niños no son los protagonistas de la historia, sino del proceso de creación. Vale, me dejo ya de misterios. Hoy nos toca:

El álbum de mi abuela (hay versión de abuelo también, pero hemos conseguido antes la versión femenina).
Diane Barbara y Dominique Beccaria.
Ed. San Pablo, 2006.


Impresionante. Este libro es un regalo para toda la familia. Para los abuelos, por supuesto, pero también para los pequeños investigadores e investigadoras de la casa. Y, cómo no, para el o los adultos que decidan acompañarlos en este proceso. En la parte visual todo es divertido y sugerente. Los textos guían con corrección y profesionalidad la curiosidad de los más pequeños. Propone actividades que van más allá del documento gráfico (pero no lo pierden de vista), es una perfecta primera toma de contacto de los niños con la Historia, un acercamiento a la disciplina desde una de sus perspectivas más atractivas y más familiares para ellos: la Historia oral. Os dará jornadas y jornadas de intensa diversión y trabajo en familia y se convertirá en un preciado recuerdo para todos.

Y ahora, Vida y Alana: ¿para qué creéis que sirve la Historia?

Sed felices. Tened presente vuestro pasado.

* ¡Sorpreeeesssaaaa! ¡Temblad abuelos!
** El libro es bien barato, no dudéis en comprarlo. Ahora bien, recordad: lo que estáis regalando no son papeles, es tiempo y es recuerdo.
*** No se necesitan grandes medios para llevar a cabo el trabajo que se propone, ahora bien, hoy en día casi en cualquier casa hay aparatos de sobra como para dejar constancia de vuestras entrevistas. Si está en vuestra mano -y en vuestro ánimo- aprovechadlos.

miércoles, 15 de mayo de 2013

La cama familiar

Después de un parón inesperado pero necesario aquí estamos de vuelta. Hemos recuperado fuerzas y tenemos nuevas cosas que contaros. Por ejemplo, que el lunes el cartero nos dejó una grata sorpresa en el buzón (menos mal que los abuelos se habían encargado de proteger con delicadeza y cariño el paquete...): La cama de mamá.



La cama de mamá.
Autores: Joi Freed-Garrod y Morella Fuenmayor (ilustraciones).
Ediciones Ekaré.
Barcelona, 2011 (9º edición). 

La cama de mamá es un pequeño libro con una historia encantadora que surge de la unión de unos breves textos con unas ilustraciones que cumplen su función perfectamente. Contemplándolas me ha entrado un ataque de nostalgia, las páginas refrescan el recuerdo de aquellas imágenes de los cuentos de mi infancia, tiernas, detallistas, muy alejadas de los provocativos trazos y a la simplicidad de los cócteles de colores a los que estamos acostumbrados hoy en día.  

La historia es otro cuento. Yo no sé cómo o a qué jugabais en vuestra infancia. Os contaré un secreto: yo también tenía una "cama de mamá". En este caso, una cama de papás. Una colchoneta gigante sobre la que dar imparables volteretas, con una colcha eterna, que lo mismo servía para hacer de mar cuando jugabas a piratas, que de balsa, que de nave espacial. Por más peluches que pusieras encima siempre quedaba espacio. Apagabas la luz y vivías cientos de aventuras (para mayor cachondeo de mi hermana, cinco años de madurez jugaban a su favor). Las camas de matrimonio son el castillo de todo niño (o niña) que se precie. Siempre existe el riesgo de sufrir alguna regañina por desarmar las mantas o por introducirte en ellas con la ropa de la calle. Pero todo eso forma parte del juego. En este libro la cama de mamá, aparte de todo eso, es el refugio familiar. El lugar cálido y seguro en el que los hijos se albergan cuando necesitan tranquilidad y cariño. 

Vamos, que nos ha gustado mucho. Tengo la costumbre de leer siempre los cuentos sola antes de compartirlos con Vida y con Alana para evitar sorpresas desagradables, para saber cómo enfocar la lectura o para prever posibles problemas o atascos (no todos los cuentos están pensados para ser leídos en voz alta). En el primer contacto con este libro vi que, como con tantos otros, la historia nos iba a llevar a algo más que a una conversación sobre cómo Alana y Vida saltan y trastean por la cama de sus abuelos o sobre la suya propia. Y es que la cama de mamá era, efectivamente, la cama de mamá. ¿Y dónde estaba papá?

Primera lectura con ellas: "¿Mamá, y el papá de Zacarías dónde está?". Perfecto. Joi Freed-Garrod me había regalado un precioso momento para hablar sobre las familias. Es asombroso cómo un niño puede pasar de la mayor de las sorpresas a la integración total de la diversidad social. No deja de fascinarme la inteligencia infantil. La cama de mamá es un perfecto ejemplo de cómo un libro puede servirte para desterrar prejuicios sin la necesidad de expresarlo siquiera. ¡Cómo se agradece!

Sed felices. Disfrutad de la diferencia.

* Podéis echar un vistazo al interior del libro en la página de la editorial: http://www.ekare.com.ve/la-cama-de-mama/

martes, 30 de abril de 2013

A veces me pregunto qué hago yo aquí

"Cómo se puede enseñar cosas tan complicadas a chavales que les gusta el Rock&roll. Intentar que entiendan la Revolución rusa, la Revolución francesa, el Paleolítico inferior y cosas tan absolutamente complicadas", Labordeta.

Labordeta tiene una canción que a mí siempre me ha fascinado por encima de todas. Sí, vale, Labordeta hacía canciones preciosas y ésta puede no ser la mejor. Pero el caso es que A veces me pregunto qué hago yo aquí refleja el sentir de cualquier profesor o profesional de la Historia a la hora de enfrentarse a explicar cualquier proceso histórico a un "profano". La frustración y el sentimiento de incapacidad. La cuestión es en verdad estúpida si convenimos, con Lucien Febvre, que la Historia no es otra cosa que "comprender y hacer comprender". A menudo se nos olvida la segunda parte, la fundamental. 

Ahora mismo, si habéis llegado hasta aquí, estaréis pensando que una de dos: o gestiono dos blogs y me he equivocado de lugar o definitivamente se me ha ido la cabeza. Pues no. Vamos, sí y no, sí tengo otro blog -algo olvidado- y sí que tengo la cabeza un poco ida, pero no se trata de eso. Vida y Alana han entrado en esa terrible fase en la que parece que sólo tengan oídos para las peores palabrotas. Las escuchan, las memorizan y, en ocasiones, se les escapan. Guille y yo estuvimos hablando el otro día sobre la conveniencia de permitirles utilizar estas palabras en casa -les hacen gracia y lo cierto es que se suelen aburrir muy pronto de ellas- explicándoles previamente que fuera no deben utilizarlas. No es algo que me preocupe en exceso, la verdad. Pero en mitad de la conversación surgió otra cuestión. "Más miedo me da que me pregunten qué es una prostituta. O peor... Qué es la libertad". 

¿Os ha ocurrido alguna vez eso? ¿Habéis tenido miedo en alguna ocasión de explicar o de describir algo a vuestros hijos, sobrinos, alumnos, etc. porque son demasiado pequeños? En mi caso debo reconocer que más que el miedo a no saber transmitirles en un lenguaje comprensible lo que me pregunten lo que no quiero es que llegue el momento en que descubran cómo es el mundo de verdad. Hasta cierto punto es una cuestión de protección pero también hay algo de infantilización de mis hijas (sí, es rebuscada la idea). De pensar que, como en el cucú-tras lo que no vean no existe y todos contentos. No voy a negarlo. Hay cuestiones que no les cuento por coherencia con las necesidades de información que creo que tienen con su edad y hay otras que, simplemente, postergo de manera vergonzosa y egoísta. A veces es difícil diferenciarlas. Tranquilos, que no pretendo abrir un debate en el blog. Cada uno toma sus decisiones de crianza y siempre con la plena convicción de que son las mejores, no intento convenceros, sólo contaros cómo suceden las cosas en nuestra casa.

Mañana es el día de los trabajadores, puede que algunos hayáis oído hablar de ello... También esta semana, no desde los circuitos más habituales de la prensa, hemos sido bombardeados y enfrentados a la realidad de cuestiones como el trabajo en régimen de esclavitud, el trabajo infantil y un largo etcétera. Estoy segura de que muchos sabéis a qué me refiero. Pues bueno. A veces, también con mis hijas me pregunto qué hago yo aquí. 

Pasada toda esta introducción -gracias y enhorabuena a los que la hayáis leído entera- viene la recomendación de hoy. 

Autores: Ricardo Gómez y Tesa González
El sueño de Lu Shzu
Edelvives, 2011.   

El sueño de Lu Shzu es un libro apasionante. Estéticamente tengo que decir que es de lo mejor que tenemos en casa con mucha diferencia. No hace falta saber leer para seguir la historia o para disfrutar como un enano. De verdad, la ilustración está logradísima, así que poco puedo deciros por esa parte. Para muestra, un botón: 


No quiero tratar de contaros la historia del cuento. No podría. Los autores lo han hecho a la perfección. Espero que os sirva con que os diga que es una forma maravillosa de reflejar un mundo completamente diferente al que nuestros hijos conocen. Pero un mundo que está ahí, a la vuelta de la esquina y que no es otro que el que nos alberga a nosotros mismos. No es un relato de propaganda en el que al cuento la historia le ha venido impuesta y determinada por el fin. Su crítica social no entierra su ternura. No explica, muestra. No juzga al lector, sino que lo acompaña en el camino del conocimiento. No enfatiza lo cruel y penoso de las situaciones. No sentencia, hace comprender.

A mí es evidente que el libro me ha gustado mucho en todos sus aspectos. Pero no soy la única de la casa en esto. El sueño de Lu Shzu, con el tiempo, se ha convertido en uno de nuestros cuentos favoritos. Puede que más adelante tengamos que echar mano de él para algo que no sea sólo entretener (que nunca es poco). Mientras tanto, es un cuento dulce, respetuoso, tierno y visualmente precioso.

Si tenéis ocasión, echadle un ojo. No creo que os arrepintáis. Y si no os gustan las historias de niñas que trabajan en fábricas en la otra punta del planeta, pues que os sirva de advertencia. Porque es ver la portada y desear abrirlo, desear leerlo. 

¡Sed felices! A pesar de los pesares.

jueves, 25 de abril de 2013

Cualquier día puede ser el día del libro

Libro que no has de leer, déjalo crecer. Regálalo. Préstalo. Compártelo. Hazlo fluir.

En casa tenemos algunos libros. A Guille le gusta decir que tenemos muchos libros, pero no. Tenemos algunos libros. Los necesarios. Me gusta pensar que son parte de mí, de la familia. Algunas veces, no muchas, disfruto regalando un libro de mi biblioteca a un amigo especial que se haya pasado por casa. Así, cogiéndolo de la estantería y ofreciéndolo como entre susurros. Hay personas a las que les gusta presentar a sus amigos, juntarlos, hacer citas a ciegas. Yo presento libros. Pero sólo a quien sepa entenderlo. Desprenderse de un libro es tanto como regalar los recuerdos de un instante glorioso de tu vida. Desnudar tus secretos ante el amigo fiel, hacerle partícipe de tu dicha y de tu amargura.

No, definitivamente, hay regalos que no se pueden comprar. Es la pluma de tu abuelo que guardas con cariño sabiendo que no la utilizarás para que no pierda su doma. Las cicatrices, las arrugas que todos tenemos en el alma y en la memoria son marcas en las páginas de tus libros, manchas de sudor de las manos, un perfume, golpes que recibió en bolso o en la mochila, arena de playa de aquel verano... No te doy un libro, te regalo un sentimiento. Quiero hacer tuyo el brillo del tiempo que dediqué a lectura. La herencia inmaterial.
 
En ocasiones, por costumbre o por descuido, los libros traen sorpresas entre sus páginas, entradas de cine, billetes de autobús, metro o avión, folletos o flores secas. Pequeñas pistas para el navegante en memoria ajena. Invitaciones a la imaginación del amigo, convertido sobre la marcha en voyeur de tu vida. Compartir tu biblioteca, cederla incluso, es una de las acciones más íntimas, es darte a los demás. 

Esta semana en el colegio de Vida y de Alana han organizado una actividad muy interesante. Los alumnos (y los padres y las madres, si lo desean) llevan libros para intercambiarlos por otros que trajeron sus compañeros. Me parece un gran acierto. Esta mañana Alana estaba triste por tener que despedirse de tres de sus libros. "Pero mamá, no te los lleves. ¡Me gustan mucho!". Por eso los llevamos. Porque le gustan. Porque así otros niños disfrutarán como ella de unas historias nuevas. Regalar un libro -compartir un libro- es recomendar un universo nuevo. No debe doler, hay que disfrutar con ello. Y con el paso los años te gusta cada vez más.

¡Sed felices! No os escondáis en vuestras bibliotecas, compartid con vuestra gente.

jueves, 18 de abril de 2013

Cada cabeza una idea

En la noche
Gita Wolf, Sirish Rao, Rathna Ramanathan y Rachana Ladha.
Thule ediciones, 2005.

Esta semana nos hemos topado con una pequeña maravilla. Lo cierto es que la editorial Thule hace tiempo que nos ha conquistado -es un secreto a voces- pero no esperábamos encontrarnos con esto. Vivir en un entorno rural tiene muchas ventajas pero el acceso a librerías especializadas no es una de ellas. De modo que muchas veces para saciar nuestra ansia lectora nos valemos -sí, lo confieso, es horrible, pero lo hacemos- de la compra por internet. No negaré que me causa numerosos males de conciencia. En fin, como diría un amigo mío: todos vivimos instalados en la contradicción. El caso es que cuando el cartero nos trajo la caja de libros adquiridos a simple golpe de vista y doble click no nos esperábamos lo que vendría en el interior. 


En la noche es un librito cuadrado impreso en serigrafía sobre papel hecho a mano en la India. El libro en sí mismo es un regalo, viene en el interior de una bolsa del mismo material, con cintas a modo de asas. En pocas palabras: es una chulada. Simples ilustraciones, simples trazos, simples combinaciones de colores: todo un acierto. ¿La historia? Es una adaptación de un cuento tradicional sufí que ilustra muy bien el concepto de aprendizaje significativo. Cinco hombres caminan una noche cerrada cuando entre la oscuridad se encuentran con algo que les impide continuar su camino. Cada uno lo sortea de acuerdo con sus percepciones y su acervo cultural. Al encontrarse de nuevo discuten sobre lo que ha sucedido, sólo al amanecer, con la llegada de la luz matinal comprenden realmente la situación. Un relato sobre la importancia de la suma de percepciones para comprender y para hacer comprender, como decía Lucien Febvre. Para mí, que también tengo mi propia cabeza con mis propias ideas, una perfecta alegoría de la historia oral* y de la imposibilidad de alcanzar la verdad histórica como un todo unívoco e incuestionable (cada loco con su tema).

No os voy a engañar. A las niñas les ha gustado pero a mí... A mí me ha alegrado la semana. Un libro de gran calidad con un precio de crisis.

¡Sed felices! Contad vuestra historia.

* Estoy convencida de que a mis buenos amigos y colegas Raúl y Jose les gustará muchísimo.

domingo, 14 de abril de 2013

¡Qué duro es compartir cama con una vaca!

Josefina no puede dormir
Alexander Steffensmeier.
Traducción de Moka Seco Reeg.
Anaya, 2011.

(Otros títulos de la colección: Josefina busca un tesoro, Josefina en la nieve, Josefina al acecho y Josefina se va de vacaciones. Nosotras, por ahora, contamos sólo con éste y gracias al nunca suficientemente valorado patrocinio de "los abuelos").


Josefina no puede dormir. Y mira que su amiga la granjera cada noche reune a sus animales y les cuenta un cuento con todo el cariño y la mejor interpretación del tigre feroz. Es de noche, está oscuro y todos duermen. Todos menos Josefina. Y ya sabemos que cuando uno no puede dormir tampoco puede parar de darle vueltas a la cabeza. Lo prueba todo: hacer ejercicio, ponerse calcetines, tomar un cubo de infusión de tila... Pero nada. Está visto que no es su noche. ¿Por qué los otros animales duermen tranquilos?

Josefina no puede dormir, para mí, es un cuento sobre el miedo que todos tenemos a la oscuridad, a la noche y a la soledad. Puede ser todo eso o puede ser cualquier otra cosa. Quizás para ti sea simplemente la historia de una noche en la granja (muy divertida, por cierto) o un libro con preciosas ilustraciones (fijaos en los ojitos de los personajes o en los detalles del gallinero, que son de risa mortal de necesidad). Lo miremos desde el prisma que lo miremos es un buen libro. Eso sí, para nosotras tiene un valor añadido al entenderlo como un modelo de colecho (sí, aunque sea de manera subsidiaria). 


Todas las familias tenemos nuestras costumbres y nuestras manías, nuestras filias y nuestras fobias. Me resulta interesante mostrar a través de los cuentos la diversidad que existe tanto dentro como fuera de los muros de nuestra casa. Es curioso ver cómo Vida y Alana se sorprenden con unas historias, cómo integran otras, cómo les asustan o les reconfortan. Pero a veces me da la sensación de que algunos temas están "infrarrepresentados" en la literatura que consumimos habitualmente y me las veo y me las deseo para conseguir libros que los traten (que sí, siquiera cogidos por los pelos, soy consciente). Lo repito, por si no me explico bien: todos somos distintos -todos "iguales en la diferencia"- pero a todos nos gusta, por lo menos de vez en cuando, no sentirnos el patito feo o el bicho raro de la pradera.

Aunque pueda parecer extraño o incluso absurdo, considero -sé- que la literatura tiene un fuerte componente socializador. No creo que haya que obsesionarse con ello, pero sí tenerlo presente. Por eso cuando el abuelo le regaló a Alana Josefina no puede dormir lo adopté como propio. Porque hay libros que, de tanto compartirlos, nos pertencen. Leedlo. Esperamos que os guste tanto como a nosotras.

¡Sed felices! Y, sobre todo, disfrutad siendo como sois. Tan distintos, tan iguales...

* Sí, Dopi, lo mío con las vacas es para hacérmelo mirar.

jueves, 11 de abril de 2013

Julia y el tío molón

El tío Paco y el jersey verde.
El tío Paco y la nieve.
El tío Paco y el miedo.
De Ricardo Alcántara y Sebastià Serra (ilustrador), editorial Combel, 2006.
 

Lo confieso: no me gustan los libros sabelotodo. Odio que los cuentos se conviertan en un manual y más todavía si es un manual para padres. No puedo con ello. Salvo honrosas excepciones detesto las "guías para padres" de la última página*. ¿Y qué decir de esas historias idílicas que no buscan entretener ni compartir ningún sentimiento, sino sólo aleccionar a los buenos padres (sobre todo a las "ignorantes" madres) y sermonear a los rebeldes niños inquietos (adviértase el pleonasmo)? Si estuviera aquí mi amiga Bea seguramente estaríamos de acuerdo en que infantilizan a las madres. Aunque lo cierto es que la balanza del absurdo se equilibra con el tratamiento paternalista que se da a los niños y a las niñas. Pero toda regla tiene su excepción y en esta casa no somos amigos de ortodoxias. La colección del Tío Paco de la editorial Combel sólo tiene un error grave: que cuenta únicamente con tres volúmenes. 

Los cuentos se plantean en tres tiempos, con una presentación, que anuncia el conflicto entre Julia -la sobrina de Paco, de cuatro años- y sus padres. En la famosa última página se nos explica lo normales que son estas conductas en los niños de cuatro años (algo así como pasividad, terquedad y miedo) y cómo se pueden atajar aunque me gustaría hacer constar aquí que estas cuestiones, como los buenos juegos, son aptas para 4-99 años. En un segundo momento el tío Paco actúa resolviendo la situación, con creatividad y mano izquierda. El hombre de la gorra y de la chaqueta verde sabe bien lo que es contemporizar desde la barricada de una sonrisa preciosa. Al final del cuento el problema se ha esfumado ya y Julia y el tío Paco comparten un instante de ternura. 



Estoy por formar un club de fans del tío Paco, para qué os voy a engañar. No sólo por su forma respetuosa y comprensiva de tratar a Julia** sino también, y sobre todo, por el buen hacer de Sebastià Serra. ¡Qué expresividad! ¡Qué rostros! ¡Qué gestos! Son ilustraciones simpáticas, con buenos detalles pero sin perder de vista la profundidad del lenguaje no verbal de los personajes. Hasta aquí, a mí me ha convencido. Si a eso le unimos texturas en los libros (terciopelo, brillantina...) ya tenemos un caballo ganador en esta casa. Puede parecer ridículo salido de la boca de un adulto, pero en no pocas ocasiones se echan de menos estas posibilidades de interacción con una historia en los libros "para mayores".


No voy a decir que sean nuestras historias favoritas pero desde luego se han ganado un lugar en este blog. Me sorprende -y me inquieta al mismo tiempo- el bajo precio de estos libros. Me consta el trabajo, el tiempo perdido y el sacrificio que supone publicar un libro. Sinceramente, creo que hemos pagado poco por ellos. Dan lo que ofrecen... Y un poco más. Si necesitáis hacer un buen regalo por un precio muy bajo son una excelente opción. No desmerecen.

¡Sed felices! Y prometedme que nunca, nunca juzgaréis un libro por su precio.

* De vuelta a la entrada sobre Trace Moroney, mi subconsciente obvió sin más el tema de las guías. Aprovecho para comentarlo aquí: sí, traen unas "utilísimas" guías para padres.

** Leamos con cautela... Me encanta la frase de la madre de Julia en El tío Paco y el jersey verde: "-Te guste o no, lo tendrás que usar igual -le avirtió su madre, tratando de poner límite al genio de la niña". Así somos demasiadas veces los adultos. Me gusta la crítica que encierra ese reflejo. 

Nos caen simpáticos los tíos Pacos que, como en un juego, guían a Julia con cariño. Pero... ¿Para cuándo un cuento en el que mamá haga partícipe a Julia de algunas de estas pequeñas decisiones que le afectan u otro en el que donde vemos genio encontremos convicción o se alce el simple respeto? ¿Para cuándo un Julia y su jersey rojo? Con ilustraciones de Sebastià Serra, por supuesto.

*** El tío Paco y el miedo es un buen cuento para quien necesite materiales para la coeducación. Tanto en sus primeras frases, como en sus primeras ilustraciones.

martes, 9 de abril de 2013

Mamá, no quiero dormir todavía

En nuestro caso: Endevina com t'estimo (por cortesía de un  buen amigo catalán).
Texto de Sam McBratney.
Ilustraciones de Anita Jeram.
Editorial Kókinos, 2002.





Esto sí que es un clásico y no las versiones mal contadas de los hermanos Grimm que podemos encontrar en cualquier bazar (en otra entrada puede que os mostremos algunas ideas para reciclar ese tipo de libros. Se nos acumula el trabajo). Ya hemos hablado en otras ocasiones de la ardua tarea de tratar de dormir a un niño cuando éste no tiene sueño (o cuando tiene demasiado). Es muy probable que el momento de mayor creatividad de tu hijo o hija sea la hora de ir a la cama. Puede tener miedo, puede tener sed, puede tener ganas de hacer pis, pueden entrarle unas repentinas ansias por relatar con pelos y señales cómo ha sido su día... Pequeños: puede que el momento de menor paciencia y mayor aburrimiento de vuestros padres y madres y sea la noche. Puede que quieran bañaros tranquilamente (¿Baño tranquilo? ¿Y el chapoteo? ¿Y las pompas? ¿Y jugar a piratas y a buzos? ¿Qué quedó del empapar el pijama y la toalla?), puede que os lean cuentos exigiendo silencio y ojos cerrados, puede que os den una buena ración de besos y achuchones y, sobre todo, puede que se empeñen en que tenéis sueño. 

El caso es, unos y otros, que este tira y afloja que muchos mantenemos de forma inconsciente se convierte en una espiral sin sentido que a menudo no termina bien. Y eso... Eso no nos gusta. A nadie le gusta. Pero no siempre sale tan mal la jugada. La historia de estas dos liebres escenifica muy bien la mejor de las estrategias. Ha llegado la hora de dormir y la pequeña liebre color avellana, fiel a su identidad de pequeñaja, no quiere someterse a los designios de Morfeo. Y ahí comienza la competición: "Adivina cuánto te quiero". La liebre grande (en mi casa hay un debate abierto, con posiciones enfrentadas, acerca de si se trata de la madre o del padre de la criatura...), astuta como un zorro (¿Quizás "astuta como una zorra"?) no sólo sigue el juego, sino que supera la apuesta. Y envite tras envite la liebre pequeña termina cayendo rendida por el agotador esfuerzo físico y mental. 

Sencillo, directo, precioso y magníficamente ilustrado ("¿Qué es lo que más te ha gustado, Alana?". "Los conejines...").

"Doncs jo t'estimo d'aquí fins a la lluna... ANAR Y TORNAR"

A todos nos gustaría que alguien nos dijera eso todas las noches. Tal vez podríamos comenzar por decírselo nosotros a las personas a las que más amamos. En su defecto podemos utilizar la fórmula de Vida Lightyear: "Mamá, yo te quiero hasta el infinito y más allá".

¡Sed felices! Haced felices a los vuestros.